La placenta, ¿un lugar donde se descartan las anomalías genéticas?

La placenta, una verdadera rareza anatómica, empezó probablemente a formarse hace unos 150 millones de años, cuando un retrovirus infectó a un ancestro ovíparo de los mamíferos. Este sistema de conexión entre la madre y el feto garantiza que este reciba los nutrientes, el agua y el oxígeno que necesita, y que se eliminen sus productos de desecho, como el dióxido de carbono. Sin embargo, este órgano único y vital nos reserva más sorpresas. Hasta en un 2 por ciento de los embarazos, algunas partes de la placenta presentan un genoma distinto al del feto, con cromosomas adicionales. Ello a pesar de que la placenta y el feto proceden del mismo óvulo fecundado. El fenómeno se conoce desde hace años y se denomina «mosaicismo confinado a la placenta», pero hasta ahora se desconocían sus mecanismos. El equipo de Sam Behjati, del Instituto Sanger de la Universidad de Cambridge, ha estudiado por primera vez la arquitectura genómica de la placenta. Ha demostrado que su estructura es, de hecho, un «mosaico de tumores» y sería el resultado de un mecanismo natural de protección del feto.

Para llegar a esta sorprendente conclusión, los científicos llevaron a cabo la secuenciación completa del genoma de 86 biopsias tomadas de 37 placentas. Descubrieron que las muestras de una misma placenta eran genéticamente diferentes y que cada placenta estaba formada por grupos de células clónicas, cada uno de los cuales se derivaba de una única célula original. Dicha característica recuerda a la estructura de los tumores. Además, las muestras presentaban muchas aberraciones típicas de ciertos cánceres pediátricos, como el neuroblastoma o el rabdomiosarcoma. Pero estas no son las únicas semejanzas; al igual que el cáncer, la placenta crece con rapidez, invade otro tejido (el uterino) y forma sus propios vasos sanguíneos, escapando del sistema inmunitario y en un entorno pobre en oxígeno. Además, el análisis de 106 muestras de 5 placentas reveló la existencia de un mecanismo de protección, que confina las anomalías a la placenta y de las que se salva al feto.

Los autores también analizaron un mosaico de trisomía 10 confinado a la placenta. La presencia de tres copias del cromosoma 10 es, en principio, deletérea para cualquier otro órgano humano y, a priori, resulta mortal para el feto. Si bien el análisis confirmó la presencia de dos cromosomas maternos y uno paterno en ciertas zonas de la placenta, en contraposición con las dos copias que se esperan normalmente (una de cada progenitor), el equipo observó que en las zonas exentas de trisomía 10 había dos copias maternas, con el cromosoma paterno eliminado. Estos resultados confirman que la anomalía se habría producido en el óvulo fecundado, pero se habría corregido en una parte de las células que formaron el feto.

A la vista de estos hallazgos, los investigadores creen que la placenta es capaz de tolerar defectos genéticos importantes. Incluso podría funcionar como un «vertedero». De este modo, heredaría los errores que se producen en las primeras fases del desarrollo embrionario y que se descartan del futuro feto cuando se separan las líneas celulares del feto y la placenta. Ello podría tener repercusiones en el curso del embarazo, por lo que una mejor comprensión de este «mosaicismo» quizás permita en el futuro entender las complicaciones que pueden surgir durante la gestación.

William Rowe-Pirra

Referencia: «Inherent mosaicism and extensive mutation of human placentas». Tim H. H. Coorens et al. en Nature, vol. 592, págs. 80-85, marzo de 2021.