Lydia Davis: «No me interesa tanto la historia de amor, sino cómo se intenta escribirla»

Davis es ensayista, narradora y traductora de la obra de Proust y Flaubert al inglés

Davis es ensayista, narradora y traductora de la obra de Proust y Flaubert al inglés

 «La escritura es un artificio pero el impulso que hay detrás no es artificial», dice la autora estadounidense Lydia Davis y sobre esa idea se articulan muchos de los ensayos publicados ahora en castellano y escritos a lo largo de su vida que retoman las obras de autores como Roland Barthes, Lucia Berlin o Jean-Paul Sartre para detenerse en detalles que pueden potenciar los textos o proponer rutinas de trabajo a la hora de escribir.

Considerada una de las cuentistas contemporáneas más relevantes -lo que le valió premios como el International Man Booker International Prize en 2013- esta ensayista, narradora y traductora de la obra de Proust y Flaubert al inglés es conocida en la Argentina por títulos como «El final de la historia» -la única novela que escribió hasta la fecha-, «Ni puedo ni quiero» o sus «Cuentos completos», pequeños artefactos de un realismo enrarecido que hunde sus huellas en el absurdo o el excentricismo para pronunciarse sobre cuestiones como la vida doméstica, el matrimonio, la maternidad o las trampas del lenguaje.

"Ensayos I" cuenta con títulos ordenadores que funcionan como ejes y se enlazan sin respetar un orden cronológico.

«Ensayos I» cuenta con títulos ordenadores que funcionan como ejes y se enlazan sin respetar un orden cronológico.

Traducido por Eleonora González Capria y editado por Eterna Cadencia, «Ensayos I» cuenta con títulos ordenadores que funcionan como ejes y se enlazan sin respetar un orden cronológico. Así aparecen los trabajos sobre escritores alternados en tres capítulos, la práctica de la escritura en dos y su pasión por las artes visuales condensadas en dos artículos que tienen como protagonistas a los artistas Joan Mitchell y Alan Cote. La obra incluye también una serie de textos en los que la autora evoca una lejana estadía en Buenos Aires, donde vivió con sus padres por unos meses cuando tenía 17 años.

En el flamante volumen también hay un largo ensayo con recomendaciones para una rutina de escritura donde Davis comparte consejos que se leen como sugerencias para encarar el comienzo de un texto o encontrar el mejor tono para contar un diálogo. «Asegúrate de leer poesía con regularidad, ya seas poeta o escritor de prosa», señala la narradora, que además hace hincapié en leer clásicos, poniéndose como meta uno por año, y en dejar el celular «al menos en algún momento del día, como mínimo una hora».

«Aprende a estar solo, completamente solo, sin nadie más y sin ningún dispositivo encendido. Aprende a experimentar la pureza de ese tipo de concentración. Desarrolla la atención, aprende a dedicársela por completo a una única cosa, sin interrupciones y durante un período largo de tiempo», escribió en 2013, una sugerencia que hoy suena a desafío.

En un intercambio con Télam vía mail, Davis (Massachusetts, 1947) defiende la importancia de los plazos a la hora de escribir porque ordenan el trabajo y reconoce que después del nacimiento de su primer hijo algo cambió en su disposición a escribir y terminar un texto: «Tuve que aprender a ponerme a trabajar y concentrar mi atención».

-Télam: Reconoce un momento en el que la escritura dejó de ser una tarea agotadora y comenzó a disfrutarla, eso aparece asociado en el libro el encuentro con textos más breves y a la lectura de Rusell Edson. ¿Qué claves o pautas recuerda que encontró en ese cruce?

-Lydia Davis: Encontré la libertad de las restricciones, en primer lugar: no tenía que seguir la forma aceptada para el relato corto, en el sentido clásico, sino que podía escribir algo breve, que sucediera en un momento específico. En segundo lugar, al ver el ejemplo de Russell Edson, reconocí que podía intentar una historia que podría no funcionar, y que estaría bien. Y en tercer lugar, de nuevo a partir de su ejemplo, podía liberar las fuerzas más oscuras de mis emociones e imaginación sin tener miedo.

-T: Cuenta que tiene un cuaderno que acompaña «el trabajo oficial» y cuando más escribe en ese cuaderno es cuando más trabajo tiene. ¿Cómo piensa la relación entre la escritura y el tiempo? ¿Son aliados los plazos a la hora de escribir?

-LD: Sí, me gustan los plazos. Pienso en cuando nació mi primer hijo. De repente, sólo disponía de una hora, o quizá dos o tres, y tenía que aprovechar al máximo ese tiempo. Tuve que aprender a ponerme a trabajar y concentrar mi atención. Mientras que antes de tener un hijo, cuando tenía muchas horas del día para pensar en lo que quería escribir, no trabajaba tan intensamente, no lograba tanto. Y ahora, me sigue gustando tener una fecha límite, para obligarme a ponerme a trabajar y terminar una tarea.

-T: Este primer tomo de ensayos tiene como eje la escritura, pero sabemos que hay un segundo tomo dedicado a la traducción. ¿Cómo dialogan en su universo esas dos actividades?

-L.D.: Durante la mayor parte de mi vida de escritora, también he traducido. Por lo general, he alternado la escritura y la traducción, en lugar de hacer ambas cosas en el mismo día. Cuando estaba escribiendo mi novela, «El fin de la historia», dejé de traducir durante un largo período porque la novela requería mucho tiempo y atención. Y del mismo modo, cuando traducía «Por el camino de Swann» de Proust, que también requería largos periodos de trabajo minucioso, escribía muy poco. Creo que no hay nada de malo en dejar de escribir durante un tiempo: entonces estoy más preparada para volver a hacerlo.

"Ni puedo ni quiero", editado por Eterna Cadencia.

«Ni puedo ni quiero», editado por Eterna Cadencia.

-T: Entre las recomendaciones para una buena rutina de escritura sostiene que hay que confiar en el interés propio. ¿Recuerda algún trabajo en el que la hayan intentado convencer de tomar otro camino y perseveró su interés al momento de escribir?

-L.D.:

Recuerdo que intenté avanzar con una historia en el camino que había planeado y descubrí que simplemente no me interesaba, después de todo, seguir ese camino. Pero pasó un tiempo antes de que me diera cuenta de la dirección que quería seguir con la historia. A veces una historia no funciona y hay que dejarla por un tiempo. A veces en una historia es difícil admitir que realmente te interesa mucho más algo que no esperabas que te interesara. En realidad, no me interesa tanto la historia de amor como tal, sino que me interesa mucho más la forma en que un escritor intenta escribir sobre ella.

-T: Su estadía en Buenos Aires está asociada a situaciones que la inspiraron a escribir varios de sus cuentos, como «La criada» o «Las mucamas odiosas». ¿Cree que fue su condición de visitante, de turista lo que despertó esa escritura?

-L.D.: Estoy segura de que fue el estímulo de ser una visitante en un lugar que me era ajeno, que estaba lleno de sorpresas, lo que me estimuló a escribir sobre él. La distancia siempre es importante, ya sea porque estás lejos de casa y entonces podés escribir sobre tu hogar (como James Joyce escribió sobre Irlanda cuando vivía en Francia e Italia) o porque estás en un lugar que te resulta lejano en sus costumbres y en su lengua, donde sos un forastero. Me fascinó Argentina. Tengo recuerdos muy ricos de mi estancia allí.

-T: En uno de los ensayos resalta que todo texto tiene un número específico y limitado de lectores y que no hace falta intentar conquistarlos a todos. ¿Cómo se lleva hoy con los lectores y sus expectativas?

-L.D.: Pienso lo mismo. Cada lector tiene deseos y necesidades diferentes. Para algunos, lo que escribo puede ser perfecto, exactamente lo que anhelan. Pero para otros, lo que escribo puede ser frustrante o completamente insatisfactorio. Esto es algo que experimento constantemente en mis propias lecturas. Puede que no me interese un escritor al que todo el mundo califica de superlativo, de emocionante. O puedo estar completamente embelesada por un escritor con un público muy reducido. Me resulta infinitamente interesante lo diferentes que son los lectores en cuanto a lo que esperan y quieren.

-T: Hay reflexiones sobre decisiones, procesos y trucos de su propia escritura, como si invitara a pensar en la escritura como artificio. ¿Cómo la definiría?

-L.D.: La escritura es ciertamente un artificio, por muy natural que parezca y por muy natural y fácil que sea para un escritor escribir una determinada obra. Se concibe, se inventa, se planifica, se cambia, se replantea, se pospone. Pero detrás de ella, en su origen, si es buena, hay un escritor vivo, que respira, que se preocupa mucho por lo que dice, que se preocupa por decirlo de forma eficaz, de forma persuasiva, que se siente obligado a decirlo. Así que el impulso que hay detrás no es artificial. A un nivel más profundo, lo que escribo tiene algo en común con cualquier expresión de voz: el grito de mi gato pidiendo comida o atención. Es una expresión de emoción, es una expresión articulada.

-T: Un libro así permite mirar en perspectiva la forma de trabajo a través del tiempo. ¿Reconoce aspectos que hayan cambiado?

-L.D.: Creo que trabajo de una forma muy parecida a la que se describe en el libro; al fin y al cabo, muchos de los ensayos son bastante recientes y escribo desde que estaba en la universidad e incluso antes, cuando era adolescente. Lo que cambia a lo largo de esos años es la visión que uno tiene del mundo. Sé que me volví más tolerante, más comprensiva. A medida que uno sigue los acontecimientos del mundo y observa cómo se desarrollan los conflictos en los distintos países, trata de llegar a ciertas conclusiones sobre la naturaleza humana, la política, el poder o la evolución, y su comprensión cambia.