Mié. Oct 5th, 2022
Cynthia Edul Foto Archivo Telam
Cynthia Edul. Foto: Archivo Telam

Aunque sólo escribió una pieza teatral, Alejandra Pizarnik, de quien se cumplen 50 años de su muerte este domingo, se expande como fuente de inspiración en la escena, un campo que la desplaza de las etiquetas de poeta maldita y la resignifica desde el cuerpo y el texto en su «compromiso con la literatura», su «capacidad de bailar en la cuerda floja de la sintaxis» o en su «mirada implacable y frágil sobre el dolor», como definen, en cada caso, las directoras y dramaturgas Cynthia Edul, Ivana Zacharski y Sol Pávez.

Alejandra Pizarnik (1936-1972) escribió una obra de teatro, «Los poseídos entre Lilas», sin embargo su mirada poética ha sabido impregnar la escena del under teatral porteño, con las perfomances y declamaciones que hicieron de sus textos, en la década de los 80, artistas y amigos como Fernando Noy, Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese. Desde entonces, las invocaciones a su poesía le imprimieron a las artes escénicas una vitalidad expansiva que siempre está estrenando nuevas piezas, que «beben» del lenguaje de la poeta.

Este año se estrenaron dos obras inspiradas en la poética de Pizarnik: «Hope», una fantasía con perfiles oníricos de asociaciones infinitas, con autoría, dirección y actuación de Ivana Zacharski; y una propuesta que combina poesía, plástica y teatro a partir de textos poéticos, entre ellos de Pizarnik, cuya dirección estuvo a cargo de Sol Pavéz, «Instalaciones dramáticas para una poesía». En plena pandemia, Cynthia Edul trabajó un texto a partir de los diarios de Pizarnik para La Biblioteca Sonora de las Mujeres, de Proyecto Prisma: se trataba de una llamada telefónica, como un monólogo, interpretado por la actriz Pilar Gamboa.

El trabajo reciente que revelan esas tres puestas a través de la relectura de Pizarnik, de su investigación y reapropiación, resignifica el legado de la poeta desde el lenguaje de las artes escénicas, sin las etiquetas que a veces la ubican como experiencia de lectura iniciática, o como poeta maldita, poeta suicida, por la decisiva forma en la que dio fin a su vida o trazó la elección de su muerte.

Como dijo a esta agencia Cristina Piña a propósito de la reedición de biografía ampliada de la poeta en 2021 «está mitificada la figura de Alejandra como una poeta maldita que sin duda fue, se da la unión entre escritura y vida». Para Piña, ensayista, poeta y traductora y acaso la que más ha estudiado el universo Pizarnik, ese mito se fue agrandando con los años a tal punto que «hay muchísima gente que no la ha leído y conoce nada más que lo que se dice de la leyenda de Alejandra: la de la poeta que se suicida entregada totalmente a su escritura».

¿Han podido las artes escénicas sacarla de esas representaciones que la capturaron en el campo literario, reactualizando su obra con textos que la recuperan desde otra narrativa menos asociada a su muerte y más vinculada a esa «casa lenguaje» de la que hablaba la poeta? Para Cynthia Edul, «la obra de Pizarnik abre un trabajo con la palabra que es muy bienvenido en las artes escénicas. Desde el ´Puré de Alejandra´ de Batata Barea que vino a traer, como dijo Tamara Kamenszain un nuevo modo de leer lo que Alejandra hacía dentro de la lengua. Desde ese movimiento, o corrimiento, que viene de las artes escénicas, propuso un modo de leer a Pizarnik que la saca en el lugar en el que la misma consagración del campo literario la había colocado».

La dramaturga y novelista, autora de «La tierra empezaba a arder«, considera que esa «consagración justamente la cristalizó. La escena, por el contrario, actualiza su obra al presente y la vuelve a pasar por el cuerpo, la trae a un tiempo contemporáneo».

Instalaciones sonoras de Sol Pavez Foto Archivo
Instalaciones sonoras de Sol Pavez. Foto: Archivo

Por su parte, Sol Pavéz dramaturga, directora, actriz y docente- destaca que la obra de Pizarnik «aborda la fragilidad de la existencia con una potencia extrema en su lírica y esto convierte a su obra en una textualidad dramática; ese contraste en contar la debilidad con tanta hondura, logran una acción dramática absolutamente teatral», dice y la cita: «Para que lo que hiere no sea, para alejar lo malo, para reparar la herida fundamental, la desgarradura, porque todos estamos heridos».

Ivana Zacharski, directora de «Hope» y del proyecto de improvisación colectiva «Insomnio Pizarnik»(@insomniopizarnik), junto a Andrés Mangone, ubica a la poética pizarniana, y su relación con la dramaturgia, con «un momento histórico muy potente de nuestra teatralidad nacional que fue Teatro Abierto, el teatro de post dictadura, que sin dudas dejó una huella en nuestra generación, es un hilo visceral que nos atraviesa».

En ese contexto, fue «una contemporánea para la generación teatral de los 80» con «Urdapilleta recitando Pizarnik mientras acaricia una gallina en un corral poético con (Antonio) Gasalla entrevistándolo y Tortonese mirándolo fijo mientras pide agua con desesperación».

«Ellxs recogieron su obra para llevarla a los escenarios porteños donde se inaugura la convivencia en escena con personas trans, una novedad total para la época, donde se expresaban sentimientos, elecciones, gustos, que habían estado vigilados y reprimidos por las fuerzas dictatoriales», argumenta Zacharski, quien encuentra que «con aquel gesto inaugural en los 80 se proyecta hasta nuestros días, en las manos de Urda, en los ojos de Tortonese, en los labios de Mosquito Sancineto».

De esa huella que nutrió de complejidad y trasformación a las artes escénicas con transgresiones y aperturas de escuelas y líneas estéticas, hasta este presente que reconoce su pasado reciente y lo resignifica, ¿qué viene abriendo la voz y la obra de Pizarnik? Pavéz identifica «la posibilidad de ahondar en los lugares complejos que nos habitan a todos» a partir de «una mirada implacable y frágil sobre el dolor», que le resulta «extraordinaria».

Esa mirada fue lo que llevó a «Instalaciones dramáticas para una poesía», que se estrenó en el Centro Cultural de la Cooperación con Ingrid Pelicori, Martín Urbaneja, Yanina Gruden y Natalia Casielles en el elenco, una obra en la que también hubo fragmentos poéticos de Oliverio Girondo, Néstor Perlongher, Susy Shock o César González. Como cuenta Pávez: «La obra va abordando diferentes temáticas que nos atraviesan, el amor, el tiempo, el dolor y por sobre todo la posibilidad de dar otra mirada sobre estos temas, «la otra belleza» «un mundo que corre detrás del mundo» son algunos fragmentos de la obra que creo posibilita la poesía. Sin dudas Pizarnik está en la posibilidad de dar esa otra mirada».

Ivana Zacharski Foto Archivo Telam
Ivana Zacharski. Foto: Archivo Telam

Ivana Zacharski, directora, autora y actriz, conoció a Pizarnik a sus 21 años, cuando llegaba de Misiones a Buenos Aires y desde entonces es «un centro de gravitación», como define esa relación con la poeta, de quien devoró todos sus textos. Zacharski se formó en el Teatro EL Cuervo que propone «otra línea estética» en la que «se busca la teatralidad desde la improvisación y muy frecuentemente se utilizan fuentes literarias para la creación de escenas y para la asociación de la palabra en la improvisación».

Y para dar cierre a esa búsqueda, surgió una idea, cuenta: «Le propuse a la actriz Casandra Velázquez montar una puesta de ‘Los poseídos entre Lilas’, era un puesta magnánima y opulenta que con los años se condensó en lo que hoy es ´Hope´, una síntesis de elaboración, que comenzó con la improvisación alrededor de esa obra y que luego fui hilando en un arduo trabajo de escritura, acompañada por la mirada lúcida de Juan Mattio».

A Zacharski la atrajo de la poeta «su humor negro, su capacidad de bailar en la cuerda floja de la sintaxis, su erótica monstruosa e infantil, su afinidad por el grito, la musicalidad de su respiración que me llega en su escritura, la adoración del silencio, la extraordinaria capacidad humana de reírse de sí misma, su amor por el oficio de escribir, lo que cuentan sus amigxs de ella, todo esto hace que su obra sea para mí, teatralmente infinita».

Para Edul, Pizarnik «abre una dimensión de compromiso con la literatura muy fuerte». Se refiere a que «ella se la jugó por la literatura, se la jugó por la verdad que hay en la literatura. Ella llevó hasta el extremo la exploración de la intimidad en la palabra. Como le dijo su analista, León Ostrov, la intimidad no descansa y entiendo que en ese sentido, la relación entre literatura y vida para Pizarnik no descansaba. Siento que indica un camino y una práctica. La literatura como práctica de vida y ahí me parece que su obra hace un aporte descomunal».